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¿Por qué es importante mantener viva la curiosidad?

Hay cosas que dejamos de preguntarnos sin darnos cuenta. Cómo funciona un objeto que usamos todos los días, de dónde viene una tradición familiar o por qué damos por ciertas algunas ideas que nunca hemos cuestionado. En algún momento sentimos curiosidad por esas cosas, pero con los años dejamos de prestarles atención.

No es que hayamos encontrado todas las respuestas. Simplemente, hemos dejado de buscarlas.

Solemos asociar la curiosidad con la infancia, cuando casi todo es nuevo y una pregunta lleva a otra. Pero el deseo de descubrir y comprender no desaparece cuando crecemos. Seguimos teniendo la posibilidad de interesarnos por aquello que desconocemos, aunque no siempre nos detengamos a hacerlo.

¿Por qué es importante mantener viva la curiosidad? Porque no solo nos permite aprender cosas nuevas. También nos ayuda a revisar nuestras ideas, comprender otros puntos de vista y descubrir posibilidades que antes no habíamos considerado.

La curiosidad comienza cuando algo nos sorprende

En el primer libro de su Metafísica, Aristóteles afirma que todos los seres humanos desean por naturaleza saber. Para el filósofo griego, el asombro está en el origen de la filosofía: algo nos sorprende, nos hacemos preguntas e intentamos encontrar una explicación.

Cuando visitas una ciudad por primera vez, observas edificios, te interesas por su historia, descubres detalles que te llaman la atención. Sin embargo, puedes recorrer las mismas calles de tu ciudad durante años sin reparar en cosas que despertarían tu curiosidad si estuvieras de viaje.

No ha cambiado necesariamente lo que tienes delante, sino la atención que le prestas.

La familiaridad nos permite desenvolvernos sin tener que examinar constantemente todo lo que nos rodea. Sería agotador vivir de otra manera. Pero también hace que muchas cosas dejen de llamarnos la atención, aunque todavía tengan algo que enseñarnos.

La curiosidad puede hacernos cambiar esa forma de mirar. Nos hace detenernos en algo conocido, descubrir un detalle que habíamos pasado por alto o interesarnos por una pregunta que nunca se nos había ocurrido.

No necesitamos encontrarnos ante un misterio extraordinario. A veces basta con descubrir que una explicación que siempre habíamos aceptado no resulta tan convincente como pensábamos.

La relación entre curiosidad y aprendizaje

La curiosidad también ocupa un lugar importante en la psicología del aprendizaje.

Cuando algo despierta nuestro interés, solemos estar más dispuestos a dedicarle atención, buscar información y persistir en el intento de comprenderlo. Aprender deja de ser únicamente una tarea que debemos completar y se convierte en una actividad que tiene valor por sí misma.

Un estudio publicado en 2014 en la revista Neuron, dirigido por Matthias Gruber y sus colaboradores, encontró que los estados de curiosidad podían favorecer la memoria, incluso respecto de información incidental presentada durante esos estados. Los investigadores observaron, además, la participación de circuitos cerebrales relacionados con la recompensa y la memoria.

Estos resultados no significan que la curiosidad garantice el aprendizaje. La adquisición de conocimientos depende de numerosos factores, entre ellos la atención, los conocimientos previos, la práctica y las condiciones en las que aprendemos.

Pero sí muestran que nuestro interés por descubrir una respuesta puede influir en la manera en que procesamos y recordamos información.

La diferencia resulta reconocible en la vida cotidiana.

Podemos estudiar un idioma porque lo necesitamos para trabajar o porque debemos aprobar un examen. Pero también podemos interesarnos por él después de escuchar una canción, leer una novela o viajar al lugar donde se habla.

En todos los casos podemos aprender. Lo que cambia es nuestra relación con ese aprendizaje.

Cuando existe curiosidad, el conocimiento no se limita a cumplir una finalidad externa. Una pregunta conduce a otra, y lo que comenzó como un interés pequeño puede abrir un campo de exploración mucho más amplio.

Esta es una de las razones por las que mantener viva la curiosidad resulta valioso durante toda la vida. Nos recuerda que aprender no es una actividad que termina con la educación formal ni que necesita justificarse siempre por su utilidad.

Podemos estudiar astronomía sin aspirar a ser astrónomos, interesarnos por la historia de una pintura sin dedicarnos al arte o aprender sobre las aves migratorias sin intención de dedicarnos a la ornitología. No todo conocimiento necesita convertirse en una habilidad profesional o producir un beneficio inmediato.

Ser curioso también significa cuestionar nuestras certezas

Hay, sin embargo, una dimensión de la curiosidad que suele recibir menos atención.

Sentir interés por algo desconocido es relativamente sencillo cuando ese descubrimiento no amenaza nuestras ideas. La situación cambia cuando encontramos información que contradice lo que pensamos.

Imaginemos que leemos un artículo que cuestiona una opinión que hemos defendido durante años. Podemos descartarlo inmediatamente, buscar argumentos para refutarlo o detenernos a examinar sus razones.

Esta última posibilidad requiere algo más que interés por las novedades. Exige reconocer que nuestro conocimiento puede ser incompleto o incluso erróneo.

Aquí encontramos una conexión con Sócrates.

En los diálogos de Platón, Sócrates interroga a sus interlocutores sobre conceptos que creen comprender, como la justicia, la virtud o el valor. A través de sus preguntas, pone de manifiesto contradicciones y dificultades que inicialmente habían pasado inadvertidas.

Su método no consiste simplemente en reemplazar una respuesta por otra. Invita a examinar las razones que sostienen nuestras convicciones.

Desde esta perspectiva, la curiosidad puede convertirse en una disposición intelectual especialmente valiosa: la voluntad de investigar incluso cuando el resultado podría obligarnos a cambiar de opinión.

La psicología contemporánea ha estudiado una tendencia que dificulta esa apertura: el sesgo de confirmación. Con frecuencia prestamos más atención a la información que respalda nuestras creencias y evaluamos con mayor resistencia aquella que las contradice.

Esto no significa que debamos desconfiar permanentemente de todo lo que sabemos. Tampoco que todas las opiniones tengan el mismo fundamento.

Significa que nuestras convicciones necesitan algo más que familiaridad para estar justificadas.

Una persona intelectualmente curiosa no es necesariamente alguien que duda de todo. Puede tener conocimientos sólidos y opiniones firmes. Lo que la distingue es su disposición a examinar nuevas evidencias y reconocer cuándo una explicación necesita ser revisada.

En ese sentido, la curiosidad y el pensamiento crítico mantienen una relación estrecha, aunque no sean lo mismo. La primera impulsa a preguntar; el segundo ayuda a evaluar la calidad de las respuestas.

¿Por qué dejamos de hacernos preguntas?

Con los años acumulamos experiencias, conocimientos y maneras habituales de interpretar el mundo. Esa experiencia es valiosa: nos permite reconocer patrones, tomar decisiones y resolver problemas sin comenzar siempre desde cero.

Pero también podemos dejar de hacernos preguntas sobre aquello que creemos conocer bien.

A esto se suma una característica de la vida cotidiana: muchas actividades están organizadas alrededor de resultados concretos. Aprendemos para obtener una certificación, leemos para resolver un problema, buscamos información para tomar una decisión.

En ese contexto, una pregunta que no tiene una utilidad inmediata puede parecer una pérdida de tiempo.

También disponemos de una cantidad extraordinaria de información accesible en segundos. Es posible encontrar una fecha, consultar una definición o resolver una duda sin demasiado esfuerzo. Esa facilidad representa una ventaja enorme, pero obtener una respuesta rápida no equivale necesariamente a comprender un asunto.

Saber en qué año ocurrió un acontecimiento histórico no es lo mismo que comprender sus causas. Conocer la definición de un concepto no significa haber examinado sus implicaciones.

La curiosidad puede llevarnos más allá del primer dato encontrado. Nos invita a seguir investigando, establecer relaciones y descubrir nuevas preguntas.

Por supuesto, no toda curiosidad conduce a una comprensión más profunda. Podemos pasar horas consumiendo información fragmentaria, saltando de un tema a otro sin detenernos lo suficiente en ninguno.

Por eso conviene distinguir entre la búsqueda constante de novedades y el deseo genuino de comprender.

La primera puede satisfacerse con estímulos sucesivos. El segundo necesita tiempo, atención y, en ocasiones, la paciencia de aceptar preguntas que todavía no sabemos responder.

Mantener viva la curiosidad es conservar una forma de apertura

Quizás uno de los aspectos más interesantes de la curiosidad sea que modifica nuestra relación con aquello que creemos conocer.

Una conversación con alguien de otra generación puede hacernos reconsiderar una costumbre. Un libro puede mostrar una interpretación de la historia que nunca habíamos contemplado. Una experiencia nueva puede llevarnos a descubrir intereses que desconocíamos o a cambiar de opinión sobre algo que antes rechazábamos.

Nada de esto exige abandonar las convicciones ante cada novedad. La apertura intelectual no consiste en aceptar cualquier explicación, sino en estar dispuestos a examinarla.

Tampoco necesitamos transformar cada interés en un proyecto. Algunas preguntas pueden acompañarnos durante mucho tiempo sin convertirse en investigaciones sistemáticas. Otras se resolverán con una conversación, una lectura o una observación atenta.

Lo importante es no perder la disposición a descubrir que el mundo puede ser más complejo, más interesante o simplemente diferente de lo que habíamos supuesto.

Cuanto más aprendemos, más conscientes somos de todo lo que todavía ignoramos. No hay contradicción en ello: el conocimiento también permite descubrir nuevas preguntas. Al profundizar en un tema, surgen cuestiones que antes ni siquiera habíamos considerado.

Tal vez por eso mantener viva la curiosidad no signifique conservar intacto el entusiasmo de la infancia, sino aceptar que, por mucha experiencia y conocimientos que se hayan adquirido, siempre habrá algo que aprender.

La curiosidad permite cuestionar certezas, descubrir intereses inesperados y encontrar nuevas preguntas allí donde antes parecía haber respuestas.

Y quizá lo más interesante no sea encontrar todas las respuestas, sino no perder las ganas de seguir preguntando.


Para profundizar

  • Aristóteles. Metafísica, Libro I, 980a–982b.
  • Platón. Apología de Sócrates y Menón.
  • Gruber, M. J., Gelman, B. D. y Ranganath, C. (2014). «States of Curiosity Modulate Hippocampus-Dependent Learning via the Dopaminergic Circuit». Neuron, 84(2), 486–496. https://doi.org/10.1016/j.neuron.2014.08.060
  • Nickerson, R. S. (1998). «Confirmation Bias: A Ubiquitous Phenomenon in Many Guises». Review of General Psychology, 2(2), 175–220. https://doi.org/10.1037/1089-2680.2.2.175

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