El arte de mirar
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El arte de aprender a observar

Hay lugares por los que pasamos cientos de veces sin prestarles demasiada atención. Una calle conocida, los árboles de un parque, los edificios de nuestro barrio. Todo parece familiar, hasta que un día descubrimos un detalle que nunca habíamos advertido: una inscripción sobre una puerta o la manera en que la luz transforma una fachada.

El detalle probablemente siempre estuvo allí. Lo que cambió fue nuestra manera de mirar.

Vivimos rodeados de estímulos visuales, pero eso no significa que observemos con atención. Nuestra mente selecciona, interpreta y descarta buena parte de la información que recibe. Este mecanismo nos permite desenvolvernos en un mundo complejo, aunque también hace que muchas cosas dejen de despertar nuestra curiosidad simplemente porque nos resultan conocidas.

¿Podemos aprender a observar mejor? La psicología, la filosofía y el arte ofrecen algunas respuestas.

La psicología de la percepción

Mirar es una actividad que realizamos casi sin esfuerzo. Observar, en cambio, supone dirigir deliberadamente nuestra atención hacia algo, examinar sus características y tratar de comprenderlo.

Cuando entramos en una habitación conocida, no examinamos cada objeto. Reconocemos el espacio y continuamos con lo que estábamos haciendo. Nuestra mente utiliza la experiencia acumulada para anticipar lo que encontrará, sin necesidad de analizarlo todo nuevamente.

Esta capacidad es indispensable: prestar atención consciente a cada detalle de nuestro entorno resultaría agotador. Sin embargo, la familiaridad también puede volvernos menos receptivos a lo inesperado.

La psicología de la percepción ha demostrado que nuestra experiencia visual no consiste en registrar pasivamente la realidad. El cerebro organiza la información que recibe y utiliza nuestras expectativas para interpretar aquello que vemos.

Por eso, dos personas pueden contemplar una misma escena y advertir aspectos diferentes. Un arquitecto puede fijarse en la distribución de los espacios; un fotógrafo, en las luces y sombras; un jardinero, en las plantas.

Cada uno ha aprendido a prestar atención a determinados elementos. La observación es una capacidad que podemos educar.

La mirada filosófica: aprender a cuestionar lo evidente

La filosofía comienza, en buena medida, cuando dejamos de considerar evidente aquello que nos rodea.

Aristóteles señaló en su Metafísica que los seres humanos comenzaron a filosofar movidos por el asombro. La curiosidad los impulsaba a formular preguntas y buscar explicaciones. Sobre esta relación entre el asombro y el conocimiento también reflexionamos en ¿Por qué es importante mantener viva la curiosidad?.

El asombro filosófico no requiere presenciar algo extraordinario. Puede surgir al examinar una experiencia habitual desde otra perspectiva.

Todos experimentamos el paso del tiempo y organizamos nuestras actividades según horarios. Sin embargo, cuando intentamos explicar qué es el tiempo, descubrimos lo difícil que resulta definir algo tan cotidiano.

Lo mismo sucede con la belleza, la amistad o la felicidad: experiencias cercanas que, al examinarlas, plantean nuevas preguntas.

En este sentido, observar mejor también significa aprender a cuestionar nuestras primeras interpretaciones.

Con frecuencia creemos que vemos las cosas tal como son, cuando en realidad las contemplamos a través de experiencias, conocimientos y expectativas.

Antes de considerar antipática a una persona, podríamos preguntarnos qué sabemos realmente de ella. Antes de descartar una idea, podríamos intentar comprender los argumentos que la sostienen.

Observar no consiste únicamente en descubrir detalles. También implica revisar las interpretaciones que construimos a partir de ellos.

Lo que el arte puede enseñarnos

Los artistas han explorado durante siglos las posibilidades de la observación.

Un pintor que estudia un paisaje examina proporciones, colores, contrastes y texturas. Aprende a distinguir variaciones que podrían pasar inadvertidas para una mirada apresurada.

Los impresionistas llevaron esta exploración en una dirección especialmente interesante. Prestaron atención a los efectos cambiantes de la luz y la atmósfera, transformando profundamente la pintura, como exploramos en el artículo Cómo los impresionistas transformaron la representación de la realidad, publicado en Filomás.

Claude Monet pintó numerosas versiones de la catedral de Ruan para estudiar cómo cambiaba su apariencia según la hora del día y las condiciones de iluminación.

La catedral seguía siendo la misma, pero cada pintura revelaba una experiencia visual diferente.

No necesitamos ser artistas para advertir estas variaciones. Una plaza al amanecer ofrece una experiencia distinta de esa misma plaza al atardecer.

El arte también nos enseña a detenernos frente a una imagen sin exigir una comprensión inmediata.

Cuando contemplamos una pintura durante unos segundos, solemos reconocer su tema principal y dar por terminada nuestra observación. Pero si continuamos mirando, podemos descubrir un gesto, un objeto en segundo plano o un detalle que modifica nuestra interpretación.

La obra no ha cambiado. Nuestra experiencia de ella, sí.

La atención en tiempos de distracción

Aprender a observar exige una capacidad que hoy parece especialmente disputada: la atención.

El entorno digital nos ofrece innumerables oportunidades para informarnos y descubrir cosas nuevas, pero también una sucesión constante de estímulos que compiten por nuestro interés.

Podemos consultar una noticia, responder un mensaje y comenzar a ver un video en cuestión de minutos, sin llegar a profundizar en ninguna de esas actividades.

El problema no reside necesariamente en la tecnología, sino en la dificultad de decidir conscientemente dónde queremos concentrarnos.

La filósofa Simone Weil concedió a la atención un lugar fundamental en su pensamiento. Para ella, atender suponía una disposición receptiva, capaz de dejar espacio a aquello que intentamos comprender, en lugar de imponerle inmediatamente nuestras expectativas.

Esta idea también resulta valiosa para las relaciones personales.

¿Cuántas veces escuchamos a alguien mientras preparamos mentalmente nuestra respuesta? ¿Cuántas veces interpretamos sus palabras antes de que haya terminado de hablar?

Prestar atención a otra persona implica escucharla con interés, reconocer los matices de su expresión y aceptar que quizá tenga algo que todavía desconocemos. Escuchar con atención nos permite comprender mejor a los demás.

Una manera diferente de estar en el mundo

No podemos prestar atención a todo, ni sería deseable intentarlo. Nuestra capacidad de concentración es limitada y necesitamos seleccionar aquello que merece nuestro interés.

Pero podemos aprender a hacerlo de una manera más consciente.

Detenernos antes de emitir un juicio, dedicar más tiempo a contemplar una imagen, escuchar con mayor interés o descubrir algo nuevo en un lugar familiar son distintas formas de ejercitar la observación.

Entendida de esta manera, observar no es simplemente una habilidad visual. Es una disposición que combina atención, curiosidad y apertura.

La próxima vez que recorramos una calle conocida, contemplemos un paisaje familiar o conversemos con alguien cercano, podemos intentar advertir algo que habitualmente pasa inadvertido. Quizá un detalle, una diferencia o una pregunta que antes no se nos había ocurrido.

El mundo no necesita cambiar para ofrecernos algo nuevo. Lo que puede cambiar es nuestra manera de observarlo.

Para seguir explorando

·  Aristóteles. Metafísica, libro I, capítulo 2, 982b12–21.

·  Simons, D. J., y Chabris, C. F. (1999). Gorillas in our midst: Sustained inattentional blindness for dynamic events. Perception, 28(9), 1059–1074. https://doi.org/10.1068/p281059

·  Weil, S. (1942). Reflexiones sobre el buen uso de los estudios escolares como medio de cultivar el amor a Dios. Ensayo recogido en A la espera de Dios (publicación póstuma, 1950).

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