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Cuesta arriba

Correr cuesta arriba es todo un desafío físico y mental que consiste básicamente en vencer a un poderoso oponente: la mismísima fuerza de gravedad.  No sabría decir cuál es más duro: si el esfuerzo mental o el físico. Lo que sí sé es que durante el ascenso mente y cuerpo interactúan todo el tiempo y cuando el esfuerzo se vuelve extenuante ambos deben cooperar como socios para poder llegar a la cima. La mente estimula al cuerpo con mensajes de aliento, pero por momentos trata también de sabotear todo con pensamientos negativos: “No puedo más” “¿Para qué estoy haciendo esto?” “Hasta aquí llego”. Es ahí cuando el cuerpo debe interrumpir todo contacto con su socia y seguir en modo automático, casi como un autómata o un robot.

Conocer y manejar adecuadamente esa dinámica contradictoria de cooperación y lucha entre el aspecto mental y físico, es lo que hará que puedas subir la cuesta y celebrar la llegada a la meta. Además de enormes beneficios físicos, el entrenamiento de corrida cuesta arriba genera une serie de aprendizajes aplicables a diversas áreas de la vida. Especialmente sobre este punto me gustaría explayarme en este artículo.

Aprendizajes

Tratá de ser consciente de esta dinámica mente-cuerpo. Como explicaba más arriba, correr cuesta arriba es una tarea dura y demandante que necesita de la constante comunicación y colaboración entre mente y cuerpo. Si está en tus planes empezar con este tipo de entrenamiento, tratá de ser consciente de esta dinámica mente-cuerpo y de controlarla mientras estás corriendo. Esto servirá para conocerte mejor, y para aumentar la sensación de dominio de vos mismo lo que a su vez, aumentará tu autoestima.

La decisión de que el ascenso culmine con éxito o no, es tuya. Si empezás corriendo una cuesta pensando en lo cansado que estás o lo duro que es o lo mucho que queda, ya te estás condicionando negativamante y lo más probable es que abandones a poco de empezar. Parate firme al pie de la colina, montaña, monte, cerro (o de la elevación que sea), clavá la vista en el punto de llegada, sonreí, y dale para arriba nomás, con la decisión y firmeza que requieren los desafíos difíciles. La misma actitud aplica para el resto de los desafíos de la vida.

Mantené un ritmo constante durante todo el ascenso. No te dejes engañar por la mente que le susurra al cuerpo cansado que se apure y que alargue la zancada para terminar rápido el tormento. ¡Ni se te ocurra! Lo único que vas a conseguir es castigar aún más tu musculatura y te aseguro que después de unos minutos te pasará factura. Resistiendo la tentación de apurarte y arruinar tu objetivo de ascenso con zancadas grandes e inútiles y manteniendo el ritmo tranquilo y constante, aprendés que para alcanzar las metas -cualquier tipo de metas- se necesita sobre todo de una cosa: grandes dosis de PACIENCIA. Sí, paciencia, esa vieja, conocida y efectiva capacidad que nos permite lograr las cosas que valen la pena en esta vida.

Aprendé a valorar y disfrutar de las pequeñas alegrías que te ofrece la pendiente. Por ejemplo 5 o 10 metros planos o casi planos, (o al menos, no tan endiabladamente empinados).  Cuando subís una pendiente muy pronunciada, vas a agradecer infinitamente el momento en que encontrás esa partecita más plana, que te permite descansar durante algunos segundos. Estos segundos benditos en el medio del ascenso te ayudan a mejorar la capacidad de apreciar y disfrutar de las pequeñas cosas que la vida tiene para ofrecer y que no siempre sabemos percibir.

Cuando subís corriendo una cuesta, dividila en objetivos. Esta técnica puede ayudarte a mantenerte constante y llegar arriba sin colapsar en el intento. No pienses en lo lejos que está el final y dividí el camino en tramos, de tal forma que el esfuerzo no se te haga ciclópeo. Cuanto más pronunciada la pendiente, más cortos tendrán que ser los tramos-objetivos a completar. Decí/pensá: «Hasta aquella piedra», «hasta aquel yuyo», «3 minutos más…» y así vas marcando otra piedra, otro yuyo, o descontando minutos hasta llegar a la cima. La misma metodología se puede aplicar en la vida cuando nos proponemos objetivos difíciles y grandes que por momentos nos parecen casi imposibles de alcanzar.  Dividir en pequeños y modestos tramos, concentrarse en completarlos, para luego seguir con el próximo, es la manera en que se consiguen grandes cosas en la vida.

Cuando estás a mitad de camino NUNCA mirés hacia arriba. No, no mirés hacia la cima para ver cuanto falta. Lo único que vas a conseguir es que mente y cuerpo se comploten y determinen que “no aguantás más”. Y que abandones tu propósito, claro. Lo que tenés que hacer es, bajar la cabeza, concentrarte en ir completando los pequeños tramos como explicaba antes y elevar apenas la mirada para marcar tu próxima piedra, yuyo o para mirar el reloj y decidir de cuántos minutos va a ser el tramo que estás corriendo en ese momento. El mismo consejo aplica para otros objetivos en la vida: no te pares a mitad de camino para ver cuanto te queda. No sirve. Pensá en cuánto llevás recorrido, y andá completando pequeños trechos hasta llegar al final.

Disfrutá el descenso, dejate llevar y tratá de frenar lo menos posible. Por supuesto la velocidad que le imprimas a la bajada, dependerá de cuan inclinada y escarpada sea la pendiente.  Si es posible, dejate llevar, aflojá el cuerpo y dejá que la fuerza de gravedad -ahora convertida en amiga compinche- haga lo suyo.  Si podés, acelerá el paso y corré rápido, muy rápido.  Además de la profunda satisfacción posterior a haber alcanzado la meta, vas a notar otro tipo de sensación: una satisfacción pura, de infancia, de sentirte liviano y rápido como el viento, imparable, imbatible. Respirá y disfrutá ese momento. Es la merecida recompensa a la determinación y el esfuerzo.

¿Has practicado o practicás la corrida cuesta arriba como parte de tu rutina de ejercicios? Contame sobre tu experiencia, sensaciones, reflexiones y demás cosas que tengas ganas de contar.

¡Chau!¡Hasta el próximo artículo!

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